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sábado, 1 de agosto de 2026
Día 2
Los Jilgueros de Chavín
"La verdadera amistad no conoce el paso del tiempo; basta un abrazo para que vuelvan a florecer los años felices de la juventud."
Una de las mayores alegrías de regresar a Chavín consiste en reencontrarse con los amigos de infancia, aquellos con quienes compartimos los primeros sueños, las travesuras y las ilusiones de una época que permanece intacta en la memoria.
Entre esos recuerdos ocupa un lugar muy especial la promoción de Los Jilgueros de Chavín, nombre que nació hace muchos años gracias a la inspiración del recordado maestro don Armando Aguilar Martel, quien supo descubrir en un grupo de muchachos inquietos el entusiasmo y la alegría propios de esas pequeñas aves andinas que anuncian cada amanecer con su canto.
Ser parte de aquella promoción significó mucho más que compartir las aulas de la escuela. Fue crecer juntos, recorrer los mismos caminos, jugar en las mismas calles, bañarnos en las aguas frías del Mosna, caminar por los senderos que conducían a las chacras y aprender, casi sin darnos cuenta, a querer profundamente nuestra tierra.
Cada uno siguió luego un rumbo distinto. Algunos permanecieron en Chavín; otros emigramos para estudiar o trabajar en diferentes ciudades del Perú. La vida nos llevó por caminos diversos, pero nunca logró romper ese vínculo invisible que continúa uniéndonos después de tantas décadas.
En esta oportunidad coincidimos en la tierra con Wilmer, él vive entre Piura y Lima, pero siempre como todos retorna a la tierra. Su amistad ha permanecido inalterable a lo largo de los años. Encontrarlo nuevamente fue como continuar una conversación interrumpida apenas el día anterior.
Su hogar conserva esa calidez tan característica de las familias chavinas. Allí nos recibió también su hermana Ofelia, siempre amable y afectuosa. Compartimos largas conversaciones en las que los recuerdos iban apareciendo espontáneamente: nombres de antiguos profesores, anécdotas escolares, personajes pintorescos del pueblo y episodios que solo quienes vivimos aquellos años podemos comprender plenamente.
Resulta curioso comprobar cómo la memoria selecciona los momentos más sencillos para convertirlos en inolvidables. No recordábamos grandes acontecimientos; hablábamos de caminatas, de bromas infantiles, de partidos de fútbol improvisados, de las familias chavinas y de aquellas reuniones donde bastaba una guitarra para prolongar la conversación hasta altas horas de la noche.
Mientras conversábamos comprendí que la amistad verdadera tiene una cualidad extraordinaria: desafía al tiempo. Los años transcurridos desaparecen en pocos minutos y cada encuentro devuelve la naturalidad de la juventud.
Observé también cuánto ha cambiado la vida de mis amigos. Hoy son padres, abuelos, profesionales, comerciantes o empresarios. Cada uno ha construido una historia propia, fruto del esfuerzo y del trabajo constante. Sin embargo, detrás de las canas y de la experiencia siguen habitando aquellos muchachos que soñaban con conquistar el mundo sin imaginar los caminos que la vida les tenía preparados.
Durante mi estancia tendría la oportunidad de reencontrarme con Nabor, quien visitaba la tierra con su familia. Cada conversación confirmaba una misma certeza: el verdadero patrimonio de un pueblo no está únicamente en sus monumentos o en su historia, sino también en las personas que mantienen vivos los lazos de afecto y solidaridad.
Los Jilgueros de Chavín representan precisamente eso. Más que una promoción escolar, somos una generación unida por la memoria compartida de un pueblo que nos enseñó el valor de la amistad, del trabajo y del respeto por nuestras raíces.
Al despedirme de Wilmer experimenté un profundo sentimiento de gratitud. Comprendí que regresar a Chavín no significaba solamente volver a los paisajes de mi infancia, sino también reencontrarme con quienes fueron testigos de los primeros capítulos de mi vida.
Porque los amigos de la niñez ocupan un lugar que nadie más puede llenar. Son ellos quienes conservan la memoria de lo que fuimos y quienes nos recuerdan, con una sonrisa, que el tiempo puede cambiar nuestra apariencia, pero nunca la esencia de una amistad verdadera.
Aquella tarde, mientras caminaba nuevamente por las calles de Chavín, tuve la certeza de que los años habían pasado para todos nosotros, tomando diferentes rumbos en la vida, pero que Los Jilgueros seguíamos cantando, como aquellos pequeños pájaros que inspiraron nuestro nombre, anunciando que la amistad también puede convertirse en una forma de eternidad.
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