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jueves, 6 de agosto de 2026
Día 5
Sensaciones, amistad y pachamancas
"Los caminos nos alejan de la tierra donde nacimos; los recuerdos siempre encuentran la manera de devolvernos a ella."
Cada viaje entre Chavín y Lima encierra una historia. Para quienes nacimos en esta tierra y tuvimos que partir en busca de nuevos horizontes, trasladarnos a la capital nunca fue un simple desplazamiento; era una mezcla de esperanza, incertidumbre y nostalgia.
En mi juventud viajar constituía una verdadera odisea. Las carreteras eran afirmadas, estrechas y, durante el invierno, casi intransitables. Muchas veces realizábamos el recorrido en camiones de carga. Si había suerte, conseguíamos un asiento junto al conductor. Aquel lugar privilegiado hacía más llevadero el largo trayecto, pues las conversaciones con el chofer estaban llenas de historias, anécdotas y experiencias acumuladas en miles de kilómetros de carretera.
Los tramos más difíciles comenzaban después de Machac. Las curvas de Jircahuayi ponían a prueba la paciencia de viajeros y conductores. El barro, los derrumbes y las piedras desprendidas de los cerros obligaban a detenerse una y otra vez. Había ocasiones en que todos los pasajeros descendíamos para empujar el vehículo o retirar las rocas que bloqueaban el camino.
Viajar entonces exigía paciencia y fortaleza. Nadie preguntaba cuánto faltaba para llegar; simplemente aceptábamos que el camino imponía sus propias reglas.
Muy distinta era la sensación cuando emprendíamos el retorno desde Lima hacia Chavín. Generalmente abordábamos los buses de Los Cóndores de Chavín en la antigua agencia del jirón Montevideo. Curiosamente, aquel viaje siempre nos parecía más corto. Tal vez porque el corazón viajaba mucho más rápido que el vehículo. El inmenso deseo de reencontrarnos con nuestros padres, hermanos y amigos hacía que las horas transcurrieran casi sin sentirlas.
Hoy los tiempos han cambiado. Los buses son cómodos, las carreteras están asfaltadas y el recorrido resulta mucho más seguro. Sin embargo, cada vez que un ser querido emprende el viaje hacia Chavín o regresa a Lima, renace ese mismo temor silencioso que acompañó durante tantos años a nuestros padres.
Ayer llegó mi hija Ariadna. Al verla descender del bus comprendí, quizá por primera vez, la profunda angustia que mis padres experimentaban cada vez que alguno de nosotros debía partir. Solo cuando los hijos crecen y emprenden su propio camino entendemos plenamente el significado de aquellas lágrimas discretas que tantas veces vimos sin llegar a comprender.
Hay sentimientos que únicamente la vida se encarga de explicar.
Si algo permanece inalterable en Chavín es la hospitalidad de su gente. El chavino continúa recibiendo al visitante con la misma generosidad de siempre. La puerta de la casa permanece abierta para los amigos y la conversación surge espontáneamente alrededor de una taza de café, un mate caliente o una comida compartida.
Durante mi estancia tuve nuevamente la oportunidad de servir a algunos paisanos que acudieron en busca de orientación médica. Siempre he pensado que ejercer la medicina en la tierra donde uno nació constituye un privilegio difícil de describir.
Para un médico no existen ricos ni pobres. Frente a nosotros solo hay un ser humano que sufre, que deposita su confianza en nuestras manos y espera alivio para su dolor. Nuestra misión consiste en ayudarlo con los conocimientos que hemos adquirido, pero también ofrecerle consuelo, esperanza y respeto. Esa ha sido siempre la esencia de la profesión que elegí.
Aquella tarde nos reunimos para compartir una pachamanca, invitación de nuestros queridos amigos Pablo y Anita, cuya generosidad ha permanecido inalterable a través de los años.
La pachamanca representa mucho más que un plato tradicional. Es una ceremonia de gratitud. Sus raíces se remontan a tiempos ancestrales, cuando los antiguos habitantes de Chavín celebraban las grandes festividades comunitarias con enormes banquetes, tal como lo demuestran las investigaciones arqueológicas realizadas en el Centro Ceremonial. Los cientos de fragmentos de vasijas, cuencos y restos de papa, maíz, tarwi, quinua y otros productos hallados en las excavaciones evidencian que aquellas reuniones constituían auténticos actos de integración social y religiosa.
Nuestra pachamanca actual conserva ese mismo espíritu.
La tierra recibe nuevamente los alimentos. Sobre las piedras calientes se acomodan cuidadosamente las carnes, las papas, los camotes, las habas, los choclos y los demás productos de nuestra agricultura andina. Luego todo queda cubierto por hojas y tierra, como si la Pachamama volviera a abrazar aquello que antes nos regaló.
Siempre he pensado que la pachamanca simboliza el vínculo más profundo entre el hombre y la naturaleza. Nacemos de la tierra, vivimos gracias a sus frutos y, al concluir nuestro paso por este mundo, regresamos nuevamente a ella para integrarnos al eterno ciclo de la vida.
Cuando finalmente se retira la tierra y comienzan a aparecer, una a una, las distintas capas de alimentos, el aroma que emerge resulta imposible de describir. Es una mezcla de piedra caliente, tierra húmeda, hierbas aromáticas y productos recién cocidos que despierta inmediatamente la memoria de la infancia.
Alrededor de la mesa compartimos largas conversaciones. Entre los invitados se encontraba Nabor, compañero de la promoción de Los Jilgueros de Chavín. Estudió con nosotros hasta tercer año, antes de trasladarse a Huaraz junto con su familia.
Nabor conserva el mismo carácter afable y conversador de la juventud. Lo acompañaban su esposa, su hija, su yerno y sus nietos, reflejo de una familia unida y orgullosa de sus raíces.
En el curso de la conversación evocó uno de los episodios más dramáticos de su vida: el terremoto del 31 de mayo de 1970, que destruyó gran parte de Huaraz.
Su relato nos conmovió profundamente.
Recordó cómo logró salvarse casi de milagro junto con su hermano menor. Su padre, don Teodoro, y una de sus hermanas sobrevivieron porque las gruesas vigas de la vivienda resistieron el derrumbe y formaron una especie de refugio protector en medio de los escombros.
La historia más conmovedora fue la de su madre. Ese día se encontraba viajando hacia Chavín cuando el terremoto la sorprendió en el túnel de Cahuish. Sin saber cuál había sido la suerte de su familia, emprendió el regreso a pie hacia Huaraz. Caminó durante horas, con los pies destrozados y el corazón desgarrado por la incertidumbre, hasta llegar a una ciudad convertida en ruinas.
Mientras escuchábamos aquel testimonio comprendimos que las grandes tragedias no solo destruyen ciudades; también transforman para siempre la memoria de quienes las sobreviven.
El silencio se apoderó de la reunión por algunos instantes.
Poco después volvió la conversación, las risas y el aroma de la pachamanca recién servida.
Así es la vida.
Después del dolor siempre vuelve la esperanza.
Y alrededor de una mesa compartida, entre amigos y familiares, uno descubre que la verdadera riqueza de un pueblo no se mide por sus bienes materiales, sino por la capacidad de conservar la memoria, la amistad y la gratitud.
Aquella tarde regresé convencido de que la hospitalidad chavina continúa siendo uno de los patrimonios más valiosos que hemos heredado de nuestros mayores.
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