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miércoles, 5 de agosto de 2026

Día 4 Caminata a Machcas Alto "Los caminos de la infancia nunca desaparecen; permanecen ocultos bajo la hierba, esperando el regreso de quienes aprendieron a soñar en ellos." Toda visita a Chavín tiene caminos obligados. Uno de ellos conduce hacia Machcas Alto, pequeño caserío situado al noroeste del pueblo, donde el paisaje conserva todavía la serenidad de otros tiempos. Muy temprano inicié la caminata. Quería volver a recorrer aquel sendero que tantas veces transitamos durante la juventud, cuando caminar varios kilómetros era parte natural de nuestra vida cotidiana. Hace algunas décadas existía un hermoso camino que nacía en la calle Las Huancas, a la altura de la antigua casa de la familia Silva. Desde allí seguía paralelo a la gran acequia conocida por todos como la Tuna Acequia, bordeando lentamente el estadio Pedro Rotta Rotta y ascendiendo entre campos de cultivo hasta internarse en el valle. Ese sendero era mucho más que una vía de comunicación. Era parte de la vida diaria de los chavinos. Por él transitaban agricultores, escolares, arrieros y familias enteras. En sus orillas crecían retamas, molles y eucaliptos; durante el recorrido el agua de la acequia acompañaba al caminante con un murmullo permanente que parecía marcar el ritmo del viaje. Hoy muchas cosas han cambiado. Las nuevas carreteras y el crecimiento urbano han modificado parte del antiguo recorrido, pero aún es posible descubrir fragmentos del camino original y dejar que la memoria complete aquello que el tiempo ha transformado. Mientras ascendía contemplaba el amplio valle del Mosna. La vegetación continúa siendo generosa. En los campos alternan sembríos de papa, maíz, habas y trigo, según la estación del año. Las chacras se escalonan sobre las laderas formando un mosaico de verdes y ocres que cambia con la luz del día. El aire era limpio y transparente. Solo se escuchaban el canto de las aves, el rumor del agua y, de vez en cuando, el balido lejano de alguna oveja o el mugido del ganado que pastaba libremente. Uno de los mayores placeres de caminar por estos parajes consiste en observar las grandes jirkas, eternos guardianes del valle. Ellas permanecen inmóviles desde mucho antes de la llegada de los sacerdotes chavinos y continuarán vigilando estas tierras cuando nosotros ya no estemos. Para quienes nacimos aquí, las montañas nunca han sido simples accidentes geográficos; poseen vida, memoria y un profundo significado espiritual. Al llegar a Machcas Alto me recibió la tranquilidad característica de los pequeños poblados andinos. Sus habitantes conservan la cordialidad que distingue a la gente de Conchucos. Siempre hay tiempo para un saludo, una conversación breve o una invitación a descansar antes de emprender el regreso. Mientras contemplaba el paisaje comprendí cuánto ha cambiado el mundo rural durante las últimas décadas. Existen nuevas carreteras, mayor comunicación y mejores posibilidades de transporte. Sin embargo, también advertí que muchos jóvenes han emigrado buscando oportunidades en las ciudades. Las chacras son trabajadas, en gran parte, por personas mayores que continúan cultivando la tierra con la misma paciencia que heredaron de sus padres y abuelos. La agricultura sigue siendo un acto de fe. Cada siembra representa una esperanza y cada cosecha una celebración silenciosa del esfuerzo humano. Quizá por eso el campesino andino mantiene una relación tan profunda con la Pachamama. Quien vive de la tierra aprende muy pronto que el hombre no domina a la naturaleza; depende de ella. Permanecí varios minutos observando el valle. Desde allí el Mosna serpentea entre los cultivos como una cinta plateada, mientras el pueblo parece descansar apaciblemente bajo la protección de las montañas. En ese instante comprendí que caminar también es una forma de recordar. Cada paso despertaba una imagen distinta: un compañero de escuela, una excursión juvenil, una conversación con mi abuelo Lorenzo, una tarde de pesca o una jornada de trabajo en el campo. Los paisajes conservan la memoria de quienes los han recorrido, y basta volver a transitarlos para que los recuerdos despierten con sorprendente nitidez. Emprendí el regreso con una profunda sensación de gratitud. Había vuelto a recorrer uno de los caminos más queridos de mi juventud y confirmé que, a pesar de los inevitables cambios del tiempo, Machcas Alto continúa siendo uno de esos lugares donde el alma encuentra serenidad. Hay sitios que impresionan por su grandeza. Machcas Alto, en cambio, conquista por su sencillez. Y quizá esa sea la forma más auténtica de la belleza.