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martes, 18 de agosto de 2026

La desilusión del canon minero.

"El verdadero desarrollo no consiste en construir más edificios, sino en edificar una sociedad más culta, más justa y más humana." Emprendí este viaje movido por dos razones. La primera, profundamente personal: reencontrarme con mi familia, con mis amigos y con los paisajes que marcaron mi infancia. La segunda, casi profesional: observar con mis propios ojos el impacto que el llamado boom minero había producido en los distritos de Chavín de Huántar, San Marcos y la provincia de Huari. Durante años escuché hablar del extraordinario crecimiento económico de esta región. El canon minero había convertido a San Marcos en uno de los distritos con mayores ingresos del Perú. Imaginaba entonces ciudades planificadas, servicios públicos modernos, hospitales bien equipados, instituciones educativas fortalecidas y un desarrollo urbano que respetara la riqueza paisajística de Conchucos. La realidad fue muy distinta. Recorrí detenidamente los nuevos barrios de Chavín y San Marcos. Caminé por Carmen Rosa, al otro lado del puente de Laos. Visité el antiguo sector de Huancha, algunos kilómetros después de San Marcos. Continué hacia la carretera que conduce a Huari y seguí luego el trayecto hasta Acopalca. Observé con atención cada uno de esos lugares. Es indudable que existe crecimiento económico. Nuevas viviendas, amplias edificaciones, modernas maquinarias y un intenso movimiento comercial evidencian que importantes recursos han llegado a la zona. Sería injusto negarlo. Pero también resulta imposible dejar de advertir que ese crecimiento ha ocurrido, en gran medida, sin planificación urbana ni criterios arquitectónicos que respeten el extraordinario paisaje andino. Lo que más me impresionó fue la pérdida de armonía. En nuestra memoria permanece vivo el recuerdo de aquellos pueblos de casitas de adobe, enlucidas con yeso blanco y cubiertas por techos de teja roja. Eran construcciones sencillas que parecían formar parte natural del paisaje. Las montañas eran siempre las protagonistas. Las viviendas acompañaban el entorno sin competir con él. Hoy, en muchos sectores, esa armonía ha desaparecido. Han surgido grandes edificaciones de concreto, levantadas sin un lenguaje arquitectónico común, sin proporción, sin identidad y, muchas veces, sin respeto por el paisaje que las rodea. No temo utilizar una palabra que resume con precisión esa impresión. Huachafería arquitectónica. No se trata de una crítica al progreso. Por el contrario. Toda sociedad tiene derecho a mejorar sus condiciones de vida. Lo preocupante es que el crecimiento económico no haya venido acompañado de una cultura urbana capaz de orientar ese desarrollo. El resultado es un conjunto de construcciones donde predominan la improvisación, la ostentación y el mal gusto, rompiendo el delicado equilibrio que durante siglos existió entre la arquitectura tradicional y la naturaleza. San Marcos constituye quizá el ejemplo más evidente. Su hermosa plaza principal y su elegante iglesia continúan conservando la dignidad de otros tiempos. Sin embargo, alrededor de ellas se levantan edificios desproporcionados que alteran completamente la escala del conjunto urbano. Desde algunos sectores incluso resulta difícil contemplar al gran Apu Sheywa, cuya presencia dominó durante generaciones el horizonte sanmarquino. Cuando un pueblo deja de mirar a sus montañas, pierde también una parte de su memoria. En los alrededores aparecen además amplios patios destinados al almacenamiento de maquinaria pesada utilizada en diversas obras civiles de la provincia. Son instalaciones necesarias para el desarrollo de infraestructura. No pertenecen al complejo minero propiamente dicho, situado en otra zona. Pero su presencia confirma la intensidad de un proceso de transformación territorial que avanza con enorme rapidez. La mayor desilusión la experimenté en Huancha. La carretera de acceso presenta un estado lamentable. El desorden urbano resulta evidente. Las viviendas aparecen dispersas, sin planificación ni armonía. Cuesta comprender cómo un territorio que ha recibido cuantiosos recursos económicos todavía mantiene deficiencias tan elementales en su infraestructura. Las mismas contradicciones observé en el sector salud. Durante mi visita al Centro de Salud de Chavín comprobé el enorme compromiso de médicos, enfermeras y técnicos. Su vocación merece el mayor reconocimiento. Pero también constaté limitaciones inadmisibles. Falta agua permanente. No existe farmacia institucional. No hay laboratorio clínico. El servicio radiológico continúa sin funcionar, a pesar de contar desde hace años con un equipo que nunca llegó a instalarse. Estas carencias no pueden explicarse únicamente por limitaciones presupuestales. Exigen una profunda reflexión sobre la calidad de la gestión pública y sobre la manera en que se priorizan las inversiones. El canon minero constituye una oportunidad extraordinaria. Pero el dinero, por sí solo, nunca garantiza el desarrollo. Los recursos económicos deben traducirse en educación, salud, cultura, planificación urbana, investigación científica y preservación del patrimonio histórico. De lo contrario, terminan convirtiéndose en simples cifras que no transforman verdaderamente la vida de las personas. No todo es motivo de desaliento. También observé carreteras que acercan comunidades antes aisladas. Vi jóvenes con mayores oportunidades educativas. Conocí emprendedores que han sabido aprovechar el dinamismo económico de la región. Encontré un turismo que lentamente comienza a fortalecerse. Existen razones para mirar el futuro con optimismo. Sin embargo, ese futuro exige una nueva forma de pensar. Conchucos posee un patrimonio que ninguna otra región del Perú puede ofrecer. Tiene uno de los centros ceremoniales más importantes de América. Posee paisajes de extraordinaria belleza. Conserva una tradición cultural milenaria. Cuenta con hombres y mujeres trabajadores, hospitalarios y profundamente orgullosos de su tierra. Todo ello constituye una riqueza mucho más duradera que cualquier yacimiento mineral. Los minerales algún día se agotarán. Las montañas permanecerán. Chavín seguirá allí. El Mosna continuará recorriendo el valle. Las jirkas seguirán vigilando silenciosamente a sus pueblos. La verdadera tarea consiste en lograr que el desarrollo económico no destruya aquello que precisamente hace única a esta tierra. Mientras emprendía el regreso hacia Lima miré por última vez el valle. Pensé en mis padres. En mis abuelos. En los amigos reencontrados. En los maestros, campesinos, médicos, guías, artesanos y pobladores que conocí durante estos días. Comprendí entonces que este viaje había sido mucho más que unas vacaciones. Había regresado para reencontrarme con mis raíces. Pero también para confirmar que amar un pueblo significa alegrarse por sus avances y, al mismo tiempo, tener el valor de señalar aquello que todavía debe mejorar. Porque el verdadero amor por la tierra nunca es complaciente. Es exigente. Sueña con un futuro mejor. Y trabaja para hacerlo posible. Concluyo estas páginas con una esperanza. Que las futuras generaciones de chavinos, sanmarquinos y huarinos sepan aprovechar las oportunidades del presente sin renunciar jamás a la sabiduría heredada de sus antepasados. Que aprendan a construir pueblos modernos sin destruir su identidad. Y que, cuando dentro de muchos años regresen a estas montañas, puedan sentir el mismo orgullo que hoy siento yo al decir, con profunda emoción: Siempre vale la pena volver a Chavín.

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