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martes, 11 de agosto de 2026
Chavín: El Centro del Mundo y el Acecho del Jaguar
El gran Museo Nacional de Chavín
Chavín de noche
Holly Laskey, la última sacerdotisa chavina
sábado, 8 de agosto de 2026
Isaac, heredero del misticismo chavino.
viernes, 7 de agosto de 2026
Achique, y los baños termales de Ultupuquio.
jueves, 6 de agosto de 2026
Sensaciones, amistad y pachamancas
miércoles, 5 de agosto de 2026
Caminata a Machcas Alto
martes, 4 de agosto de 2026
El gran Centro Ceremonial
sábado, 1 de agosto de 2026
Los Jilgueros de Chavín
viernes, 31 de julio de 2026
El regreso a la tierra de los recuerdos
jueves, 4 de junio de 2026
Elegía para Alicha, memoria de un corazón chavino
sábado, 10 de enero de 2026
EL ALTAR DE CHOQUE CHINCHAY: ASTRONOMÍA Y RITUALIDAD EN LA PLAZA CUADRADA DE CHAVÍN DE HUÁNTAR
martes, 23 de diciembre de 2025
LOS JESUITAS Y LA DESTRUCCIÓN DEL CASTILLO DE CHAVIN
La Sombra de la Cruz sobre la Piedra: La Extirpación de Idolatrías y la Destrucción Cultural en los Andes Centrales
Introducción
La conquista del Tahuantinsuyo no se limitó al control militar y administrativo del territorio; implicó una profunda y violenta reestructuración del imaginario andino. Bajo el pretexto de que las manifestaciones religiosas autóctonas eran obra del demonio, la Iglesia Católica, en alianza con la Corona Española, inició un proceso sistemático conocido como la "Extirpación de Idolatrías". Este fenómeno, lejos de ser un evento aislado, fue una campaña de larga duración que buscó desmantelar la cosmovisión andina, resultando en la destrucción física de huacas y monumentos sagrados, como Chavín de Huántar, y en una colonización psicológica de las poblaciones locales.
El Mecanismo de la Extirpación: Violencia y Pedagogía del Miedo
La extirpación de idolatrías, institucionalizada con fuerza durante el siglo XVII, funcionó como una maquinaria represiva. Según Pierre Duviols (1977), este proceso no fue solo religioso, sino político: destruir a los dioses locales era destruir la autoridad de los curacas y la cohesión social de los ayllus.
Los "visitadores de idolatrías" recorrían los Andes organizando juicios sumarios, torturando a los camayoc (sacerdotes andinos) y destruyendo ídolos públicamente. En la región de Conchucos y Ancash, esta presencia fue particularmente intensa debido a la persistencia de los cultos locales. Gareis (1987) señala que la resistencia andina no fue frontal, sino adaptativa, ocultando sus deidades o sincretizándolas, lo que provocaba una reacción aún más violenta por parte del clero, quienes veían en esta persistencia una burla demoníaca.
La Iglesia como Agente de Destrucción Material: El Caso de Chavín
Tal como menciona la fuente base de Mesía, la destrucción no fue solo ideológica. Los templos andinos fueron canteras para las nuevas edificaciones cristianas.
- El desmantelamiento jesuita: La presencia jesuita en Chavín (1631-1650) coincide con daños estructurales severos en el monumento. Aunque la historiografía tradicional a veces minimiza estos hechos, Kauffmann Doig (2002) corrobora que la práctica de mutilar "ídolos" (cabezas clavas, lanzones, estelas) era una directriz común para "desacralizar" el espacio. El corte en el Edificio A de Chavín no es solo una herida arquitectónica, sino la marca física del intento de borrar la memoria histórica del sitio.
- La superposición arquitectónica: La construcción de iglesias sobre o con piedras de antiguos templos (como se observa en Yanas, Uco y Huacchis) cumplía una doble función: práctica (ahorro de material) y simbólica (la victoria del cristianismo sobre el paganismo). Burga (1988) explica que esta superposición buscaba que el indígena, al acudir al lugar sagrado de siempre, terminara rindiendo culto al nuevo dios, aunque en la práctica se generó una religiosidad compleja y superpuesta.
El Impacto Psicológico: "Machacar el Cerebro"
La frase "machacaron en el cerebro del hombre andino" describe vívidamente el concepto de colonización del imaginario propuesto por Gruzinski (1991). La extirpación no solo rompía piedras; rompía la autoestima cultural.
Al demonizar lo autóctono (los mallquis o momias de los antepasados, los cerros, el rayo), se sembró una semilla de vergüenza sobre la propia identidad. Sin embargo, estudios recientes como los de Estenssoro (2003) sugieren que, a pesar de este "lavado de cerebro", la eficacia de la extirpación fue limitada. El hombre andino logró "andinizar" el catolicismo, convirtiendo a los santos en nuevos apus y a la virgen en la Pachamama, sobreviviendo así al epistemicidio (destrucción del conocimiento).
Conclusión
La extirpación de idolatrías en Conchucos y Chavín fue un proceso traumático de violencia cultural y patrimonial. La destrucción física de Chavín de Huántar por manos eclesiásticas, documentada por arqueólogos como Lumbreras y Mesía, es el testimonio de una época donde la fe se impuso mediante la demolición. Sin embargo, la persistencia de la ritualidad andina hoy en día demuestra que, aunque se destruyeron los templos de piedra, la estructura mental y espiritual andina logró resistir, transformarse y sobrevivir a la inquisición colonial.
Referencias Bibliográficas (Formato APA)
- Burga, M. (1988). Nacimiento de una utopía: Muerte y resurrección de los incas. Lima: Instituto de Apoyo Agrario.
- Duviols, P. (1977). La destrucción de las religiones andinas: Conquista y colonia. México D.F.: Universidad Nacional Autónoma de México.
- Estenssoro Fuchs, J. C. (2003). Del paganismo a la santidad: La incorporación de los indios del Perú al catolicismo, 1532-1750. Lima: IFEA / Instituto Riva-Agüero.
- Gareis, I. (1987). Llamado a las armas y a la doctrina: La campaña de extirpación de idolatrías en el Perú del siglo XVII. En Revista Andina, 5(2), 555-578.
- Gruzinski, S. (1991). La colonización de lo imaginario: Sociedades indígenas y occidentalización en el México español. Siglos XVI-XVIII. México D.F.: Fondo de Cultura Económica.
- Kauffmann Doig, F. (2002). Historia y arte del Perú antiguo. Lima: Ediciones PEISA.
- Lumbreras, L. G. (1989). Chavín de Huántar en el nacimiento de la civilización andina. Lima: Instituto Andino de Estudios Arqueológicos.
- Mejía Xesspe, T. (1945). Exploraciones Arqueológicas en la cuenca del Río Grande de Nazca. Lima: Tesis de Bachillerato, UNMSM. (Citado en referencia al contexto de destrucción arqueológica).
- Mesía, C. (2008). Chavín de Huántar: Una breve historia (1548-2008). Lima: Instituto de Estudios Peruanos.
miércoles, 17 de diciembre de 2025
ARTICULOS DE CHAVINOS EN EL COMERCIO Y LA TRIBUNA
Voces desde los Escombros: La Denuncia Local sobre el Abandono de Chavín de Huántar (1930-1960)
Introducción
La historia de la arqueología peruana suele centrarse en las grandes figuras académicas como Julio C. Tello, Wendell Bennett o John Rowe. Sin embargo, existe una "historiografía sumergida" en las hemerotecas: la de los intelectuales locales que, entre las décadas de 1930 y 1960, utilizaron la prensa escrita —principalmente El Comercio y La Tribuna— como trinchera para defender el Monumento Arqueológico de Chavín de Huántar. Autores como Martín Flores García, Adrián Coral García, Humberto Hidalgo y Aquilino Moreno Trujillo conforman una generación de "guardianes de la memoria" que alertaron tempranamente sobre la destrucción sistemática del sitio, mucho antes de que se convirtiera en Patrimonio de la Humanidad.
La Crónica del Desastre: Denuncias sobre la Destrucción Material
Mientras la academia debatía cronologías, los autores locales reportaban el colapso físico. Martín Flores García fue, sin duda, la voz más prolífica y angustiada de este periodo.
- El abandono estatal: En sus artículos "Se halla en un completo abandono el monumento de El Castillo de Chavín" (1934) y "Paredes del castillo de Chavín se caen a causa de las lluvias" (1934), Flores García documenta no solo la acción del tiempo, sino la inacción del Estado. Sus escritos pintan un cuadro desolador donde la lluvia y la falta de techado estaban lavando literalmente la historia.
- La destrucción antrópica: Su texto "La destrucción del castillo de Chavín" (1937) es una acusación directa. Flores García no solo culpa a la naturaleza, sino que señala —como lo haría Adrián Coral García años después— que el sitio estaba siendo desmantelado. Esto se conecta con la tradición de usar el monumento como cantera, una práctica que venía desde la colonia (como vimos con los jesuitas) y continuaba en la república.
- El desastre natural: Adrián Coral García, en "El desastre de Chavín" (1949), aborda el impacto catastrófico del aluvión de 1945 que sepultó gran parte del monumento y del pueblo moderno. Su artículo en El Comercio es un testimonio de primera mano sobre cómo la geografía de la zona es tanto cuna como tumba del sitio arqueológico, exigiendo medidas de ingeniería urgentes que tardarían décadas en llegar.
Interpretando el Pasado: Teorías Locales sobre la Cosmovisión Chavín
Estos autores no eran meros reporteros de daños; eran intelectuales que intentaban descifrar el significado de su patrimonio, a menudo adelantándose a debates posteriores o proponiendo visiones poéticas y etimológicas.
- El Lanzón y la Teología Chavín: En "Genealogía del dios supremo..." (1957), Flores García intenta decodificar la iconografía del Lanzón Monolítico. Lejos de verlo solo como arte, lo interpreta como el eje de una teología compleja, buscando conectar a Chavín con el origen mismo de la civilización andina, una idea que Tello ya defendía pero que Flores García buscaba popularizar en La Tribuna.
- Etimologías y Orígenes: En "Chavín: Nombre y etimología" (1960), se observa el interés por la lingüística y la toponimia para entender el sitio sagrado. Además, al preguntar "¿Es Kotosh más antiguo que Chavín?" (1961), demuestra estar al tanto de los descubrimientos contemporáneos (la misión japonesa en Huánuco), mostrando una preocupación genuina por la posición cronológica de su cultura local frente a nuevos hallazgos.
- El "Rummi Zahkka": El artículo de 1955 sobre el "Rummi Zahkka" (refiriéndose a una estructura lítica específica o puente de piedra) muestra el interés por la ingeniería y los elementos arquitectónicos específicos que corrían riesgo de desaparecer.
El Llamado a la Acción y la Identidad
La obra de Humberto Hidalgo, citada por el mismo Tello en sus Apuntes monográficos, y el artículo de Aquilino Moreno Trujillo sobre "La preservación del tesoro arqueológico" (1954), cierran el círculo de esta defensa. No pedían solo estudio; pedían conservación. Para estos hombres, Chavín no era un laboratorio científico, sino el corazón de su identidad regional (el "Conchucos profundo").
En el artículo "El Tahuantinsuyo, un brote de la cultura Chavín" (1960), Flores García expresa una visión pan-andina: Chavín como la cultura matriz (eco de Tello) de la que desciende todo lo posterior, incluidos los Incas. Esta afirmación no era solo académica, era un grito de orgullo regionalista en un país centralista.
Conclusión
La revisión de los artículos periodísticos de Flores García, Coral García, Hidalgo y Moreno revela una etapa crucial en la historia de Chavín de Huántar. Antes de la llegada del turismo masivo y la cooperación internacional, fueron estos ciudadanos quienes mantuvieron viva la preocupación por el sitio. Sus textos en El Comercio y La Tribuna constituyen un archivo de la memoria que denuncia la destrucción (por lluvias, aluviones y saqueos) y reivindica la grandeza de una civilización que sentían, ante todo, como suya.
Referencias Bibliográficas (Fuentes Hemerográficas y Secundarias)
Fuentes Primarias (Artículos Periodísticos):
- Coral García, A. (1949, 21 de enero). El desastre de Chavín. El Comercio.
- Flores García, M. (1934, 10 de mayo). Paredes del castillo de Chavín se caen a causa de las lluvias. El Comercio.
- Flores García, M. (1934, 21 de mayo). Se halla en un completo abandono el monumento de El Castillo de Chavín. El Comercio.
- Flores García, M. (1936, 5 de julio). Ha sido descubierta el ara sagrada del monumento de Chavín. El Comercio.
- Flores García, M. (1937, 17 de diciembre). La destrucción del castillo de Chavín. El Comercio.
- Flores García, M. (1955, 16 de abril). El Rummi Zahkka de Chavín. El Comercio.
- Flores García, M. (1957, 23 de julio). Genealogía del dios supremo de la civilización Chavín según el misterioso personaje ilustrado en el lanzón monolítico. La Tribuna.
- Flores García, M. (1960, 10 de marzo). Tras las huellas arqueológicas de Ancash: El Tahuantinsuyo, un brote de la cultura Chavín. La Tribuna.
- Flores García, M. (1960, 19 de julio). Chavín: Nombre y etimología. La Tribuna.
- Flores García, M. (1961, 19 de noviembre). ¿Es Kotosh más antiguo que Chavín?. La Tribuna.
- Moreno Trujillo, A. (1954, 14 de julio). La preservación del tesoro arqueológico de Chavín. El Comercio.
Fuentes Secundarias:
- Hidalgo, H. (s.f.). Apuntes monográficos de Chavín. (Citado en Tello, J.C., Chavín de Huántar, p. 244).
- Tello, J. C. (1960). Chavín: Cultura matriz de la civilización andina. Lima: Universidad Nacional Mayor de San Marcos.
HELADOS Y RASPADILLAS CON HIELOS DEL HUANTZAN
El Dulce Sabor de las Nieves Perpetuas: Memorias de un Domingo en Chavín
Hay recuerdos que no se alojan en la memoria, sino en el paladar y en el alma. Cuánta delicia encierran los domingos de antaño en nuestra tierra, días que parecían transcurrir a un ritmo más pausado y amable. El ritual era sagrado: comenzaba con la purificación de un buen baño en casa, o mejor aún, sumergidos en las aguas termales de Ultupuquio o Huecsha. Y luego, con el cuerpo relajado y el espíritu limpio, la caminata nos llevaba inevitablemente al corazón del pueblo: la Plaza de Armas.
Allí, bajo el estío serrano y enmarcados por ese cielo azul intenso que solo existe en los Andes, nos sentábamos en las bancas. Era el momento de la recompensa: disfrutar de un rico helado mientras la conversación con los amigos fluía sin prisa. Pero, entre risas y dulzura, ¿alguna vez nos detuvimos a pensar en el milagro que sosteníamos entre las manos?
¿Quiénes eran los alquimistas que, antes de la electricidad y la modernidad, lograban congelar el tiempo y el azúcar? ¿De dónde venía ese frío en medio del calor?
La respuesta nos obliga a levantar la mirada hacia el este, hacia el gran Apu tutelar. El hielo no salía de una máquina, sino del Huantzán. Ese coloso de 6,370 metros, la tercera montaña más alta de la Cordillera Blanca, cuya cara este, inexplorada y desafiante, vigila a Chavín. Es el Apu sagrado del que, según la leyenda, bajaron los hombres por el valle del Wachecza para erigir el templo milenario. De sus entrañas sagradas provenía la materia prima de nuestra felicidad dominical.
Mi madre, con la memoria clara de sus siete años allá por 1943 —antes del fatídico alud—, recuerda a Don Mamerto Maguiña. Él no solo era un heladero experto, capaz de transformar el hielo del nevado en un manjar; era también un personaje vibrante, un eximio bailarín de los Negritos de Chavín. Quizás el mismo ritmo y pasión que ponía en la danza tradicional, lo ponía al batir sus preparados.
Pero para que Don Mamerto, y los que vinieron después, pudieran hacer su magia, hacía falta la fuerza de otros hombres: los comuneros de Chichucancha. Antigua comunidad al oeste, tierra de mitimaes incas, gente recia y trabajadora. Aún parece verse su llegada los domingos, bajando de las alturas, ataviados con sus pantalones de bayeta y calzando esas indestructibles ojotas de llanta de camión. En sus espaldas no cargaban cualquier cosa; traían las tinshas de paja, y dentro de ellas, el tesoro: grandes bloques de hielo puro arrancados al Huantzán. Ese sacrificio, esa caminata heroica, era el ingrediente secreto de los helados y las raspadillas.
El tiempo pasó, y entre finales de los años 60 hasta acabar el siglo, la posta fue tomada por familias que se volvieron emblemáticas en Ura Barriu. ¿Quién no recuerda a la familia Robles, con el señor Robles; y a nuestros vecinos, la familia García: Don Félix y su esposa, Doña Aquilina, una dama de nobleza innegable.
Ellos fueron los guardianes de esa tradición en las últimas décadas del siglo pasado. Nos regalaron felicidad en vasitos y copas, nos refrescaron la vida. Hoy, al recordar esos sabores, no solo añoramos el dulce en el paladar, sino el esfuerzo titánico de los Chichucanchinos y el cariño de nuestros vecinos heladeros, que convertían la nieve inalcanzable del Apu en un recuerdo eterno para un niño sentado en la plaza de Chavín.
LAS SERENATAS
Serenatas bajo la Luna Chavina: Crónica de un Tiempo que se Fue
Dicen que todo tiempo pasado fue mejor, y quizás tengan razón. Al menos así se siente cuando la bruma de los años se disipa y nos permite vislumbrar, allá a lo lejos, las calles empolvadas de nuestra tierra, iluminadas apenas por la luna y el tenue resplandor de una vela encendida tras una ventana. Hoy, Chavín de Huántar bulle con la modernidad, pero hubo un tiempo, no tan lejano para el corazón, en que el silencio de la noche era el lienzo perfecto para el amor.
Corría la primera mitad del siglo XX, tiempos duros, casi heroicos. Antes de 1940, nuestras montañas eran murallas inexpugnables. Viajar a Huaraz o a la lejana Lima era una odisea reservada para los valientes, una travesía que desafiaba abismos. Sin embargo, el aislamiento no apagaba el espíritu; al contrario, lo encendía.
Nuestra gente, forjada en la agricultura y el trabajo duro, siempre buscó horizontes. Los jóvenes de los años 20 y 30 partieron a las haciendas costeñas o sudaron la gota gorda en la mega construcción del túnel de Kahuish. Más tarde, la generación del 40 y 50 dejaría su huella en el Cañón del Pato. Pero, invariablemente, el corazón siempre regresaba al pueblo, a ese medio social efervescente que no necesitaba de grandes lujos para ser feliz.
Fue en ese caldero de juventud inquieta donde nacieron el Club Sport y el Club Rickay. ¡Qué instituciones aquellas! Eran mucho más que simples clubes; eran el alma cultural y deportiva del pueblo, y, seamos sinceros, la excusa perfecta para el cortejo. Allí, entre actividades y risas, nacían las miradas cómplices que luego, al caer la noche, se transformarían en música.
Ah, las serenatas... esa bonita costumbre que esas generaciones tuvieron la suerte de vivir, aunque fuera en sus últimos suspiros. No eran simples canciones; eran declaraciones de guerra al olvido y ofrendas al amor.
Imaginen la escena: el pretendiente, con el corazón galopando más fuerte que los caballos en la pampa, reclutaba a sus amigos músicos —aficionados, sí, pero con un alma que suplía cualquier falta de técnica—. Se plantaban al pie de la ventana de la amada, envueltos en el frío serrano, y dejaban que las guitarras hablaran.
Sonaban huaynos sentidos, los yaravies, valses criollos y boleros que derretían el hielo. Esos efluvios musicales no solo llegaban a la susodicha; despertaban a toda la cuadra. Las doñas vecinas suspiraban recordando sus propios ayeres, mientras algún caballero refunfuñaba por el sueño interrumpido. El momento cumbre llegaba cuando, tras los vidrios, se encendía una luz. Quizás solo era una vela, pero para el galán ahí afuera, era un sol: la señal tácita de un amor correspondido.
Pero el amor no conocía fronteras distritales. San Marcos, nuestro vecino, también fue testigo de estas correrías nocturnas. Existía un pacto de caballeros, una alianza estratégica entre amigos chavinos y sanmarquinos para conquistar corazones.
Aún resuena la anécdota de aquella serenata en San Marcos, donde el galán, pobre iluso, llevó al cantante chavino, para agasajar a una niña "bien movida". Entre copas de anisado para calentar la garganta y melodías entregadas al viento, el tiro salió por la culata. Al día siguiente, la dama no preguntó por el pretendiente, sino por la voz que había cantado. "¿Quién fue el que cantó anoche?", inquirió ella, dejando al pobre enamorado al borde del suicidio romántico y al cantante con una explicación pendiente. Cosas del amor y de la música.
Y hablando de música, no podemos olvidar la sombra gigante de Don Jacinto Palacios Zaragoza. El bardo aijino, yerno de nuestra tierra, nos regaló sus últimos años y su inmenso talento. Él fue el maestro, el compositor, el alma de las reuniones y el asiduo intérprete del Club Social. De sus manos y su paciencia nacieron los acordes que muchos jóvenes chavinos aprendieron a rasguear. Sus alumnos fueron los serenateros, los herederos de una tradición que él ayudó a pulir.
Hoy, esas guitarras quizás duerman en algún rincón o cuelguen como adornos en una pared. Las ventanas ya no se abren con la misma ilusión ante una melodía nocturna. Pero en la memoria de Chavín, bajo el cielo estrellado de los Andes, todavía se escuchan los ecos de aquellos valses y huaynos. Porque mientras alguien recuerde esa luz de vela encendiéndose en la oscuridad, ese tiempo pasado, indudablemente, seguirá siendo mejor.
martes, 16 de diciembre de 2025
Mi abuelo, LORENZO COTRINA VERAMENDI, fue un gran narrador de cuentos, comparto un cuento de su autoría
La Profecía del Venado
Cuentan los viejos arrieros, aquellos que como mi abuelo surcaron los caminos de herradura de la sierra y la costa ancashina, que el destino es un nudo ciego que nadie puede desatar. Esta es la historia de Juan, un relato que el viento de la puna susurra cuando la neblina desciende y los cerros callan.
Juan vivía en un recodo olvidado de la sierra, protegido por las inmensas jirkas tutelares. Era un hijo ejemplar, el báculo de la vejez de sus padres. Sus manos, diestras tanto para la labranza como para el fusil, proveían siempre el sustento. No había venado ni tarugo que escapara a su ojo certero en las altas y frías soledades de la puna.
Pero el destino, caprichoso y cruel, tejió su red una tarde de cielo plomizo.
Juan había caminado leguas enteras. Cruzó riachuelos helados y bordeó lagunas oscuras sin avistar presa alguna. Cuando el sol comenzaba a ser devorado por las montañas y las sombras se alargaban, divisó a lo lejos un venado macho, imponente, con una cornamenta que parecía tocar el cielo. Juan se arrastró entre el ichu, contuvo el aliento y apuntó. Su dedo acariciaba el gatillo cuando el animal giró la cabeza. No había miedo en sus ojos oscuros, solo una antigüedad abismal.
Entonces, el silencio del páramo se rompió. El venado no bramó; habló con una voz humana, serena y terrible:
—Guarda tu arma, joven cazador. Guárdala hoy, para que mañana mates con ella a tu padre y a tu madre.
Las palabras cayeron como piedras sobre el alma de Juan. Antes de que pudiera reaccionar, el animal se desvaneció entre los bosques de quinuales como si fuera humo.
Juan bajó el arma, temblando. Una lluvia torrencial se desató, acompañando su retorno. En cada trueno, en cada gota que golpeaba su rostro, escuchaba el eco maldito: "Matarás a tu padre y a tu madre". El horror se instaló en sus entrañas. Amaba a sus progenitores más que a su propia vida, y el miedo a convertirse en el instrumento de su muerte lo enloqueció.
Esa noche no durmió. Miró por última vez los rostros dormidos de quienes le dieron la vida y, con el corazón roto, tomó una decisión fatal: para salvarlos, debía desaparecer. Huyó antes del amanecer, tragado por la neblina, sin dejar rastro, creyendo ingenuamente que la distancia podría burlar a la profecía.
Los años pasaron lentos y dolorosos. Los padres de Juan envejecieron prematuramente; sus rostros se llenaron de surcos cavados por las lágrimas y la incertidumbre. Buscaron a su hijo por quebradas y pueblos, pero la tierra parecía habérselo tragado.
Mucho tiempo después, durante las fiestas patronales, llegó al pueblo un "mercachifle", uno de esos vendedores trashumantes que llevan en sus alforjas desde cebo de culebra hasta noticias de mundos lejanos. Los ancianos, aferrados a una última esperanza, le preguntaron por su hijo. El hombre, rascándose la cabeza, recordó:
—En mis viajes a la selva, allá por Tingo María, he visto a un hombre que coincide con sus señas. Se llama Juan, es un hombre triste y solitario.
La esperanza revivió en los corazones marchitos de los ancianos. Vendieron lo poco que tenían y emprendieron el largo viaje. Descendieron de los Andes hacia la selva calurosa, guiados solo por el amor.
Al llegar al caserío señalado, encontraron la casa. Tocaron la puerta y una mujer joven les abrió. Se presentó como la esposa de Juan. Al escuchar la historia de los ancianos, se conmovió hasta las lágrimas; Juan jamás había hablado de su pasado, como si hubiera nacido de la nada.
—Él no está ahora —dijo la mujer—, pero descansen. Están exhaustos.
La esposa, viendo la fatiga extrema de los ancianos, les ofreció la mejor comodidad que tenía: su propia cama, la cama matrimonial. Los padres de Juan, vencidos por el cansancio del viaje y la emoción, se quedaron profundamente dormidos en la penumbra de la habitación. La mujer se retiró a otro cuarto para dejarlos reposar.
La tragedia, paciente, aguardaba su momento.
Juan regresó de un compromiso entrada la madrugada. El alcohol nublaba sus sentidos y avivaba sus demonios. Al entrar a su casa, el silencio le pareció sospechoso. Se dirigió a su dormitorio y, a la luz de la luna que se filtraba por la ventana, vio dos bultos ocupando su lecho.
La sangre se le subió a la cabeza. Los celos y la ira, alimentados por la embriaguez, le cegaron el entendimiento. "¡Traición!", pensó. Sin dudarlo, descolgó su viejo fusil de la pared, aquel que no usaba desde su juventud en la sierra.
Apuntó a las sombras y disparó dos veces. El estruendo sacudió la casa.
La esposa corrió a la habitación, pálida de espanto, y encendió una lámpara. Al ver la escena, su grito desgarró la noche:
—¡Juan! ¡Maldito seas! ¿Qué has hecho? ¡Eran tus padres! ¡Vinieron a buscarte!
Juan, sobrio de golpe por el horror, se acercó a los cuerpos. Allí estaban, los rostros amados que había huido para proteger, ahora bañados en sangre por su propia mano.
Cayó de rodillas, sollozando, mientras el recuerdo del venado en la puna volvía a él con la fuerza de un alud.
—Se ha cumplido... —susurró con voz rota—. La maldición de las jirkas, la sentencia del Gran Dios de la Naturaleza. He huido toda mi vida hacia mi destino.
Miró al cielo, pidiendo un perdón que sabía que no llegaría. Luego, con la lentitud de quien ya está muerto en vida, apoyó el cañón del fusil contra su pecho y, con un último disparo, selló para siempre la tragedia del cazador que intentó vencer al destino.