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jueves, 4 de junio de 2026

Elegía para Alicha, memoria de un corazón chavino

Elegía para Alicha, memoria de un corazón chavino La muerte de una persona querida no es solamente una ausencia. Es una puerta antigua que se abre de pronto y por donde regresan los rostros, las voces, los aromas y los pequeños instantes que creíamos dormidos para siempre. La partida de alguien amado nos obliga a caminar nuevamente por los senderos de la memoria, a recoger las huellas que dejó en nuestra vida y a comprender que algunas personas, aunque abandonen este mundo, continúan habitando en nuestras vidas. Vuelvo a ti, querida tía Alicha, caminando por los senderos interiores de mi infancia, buscando aquella figura que estuvo allí desde mis primeros años, quizás uno de los primeros rostros que contemplaron mis ojos después de llegar a este mundo. Estabas cerca, silenciosa y alegre, como esas montañas antiguas que rodean Chavín de Huántar: firmes, protectoras, cargadas de historias que parecen venir desde antes del tiempo. Naciste en ese rincón mágico de la sierra ancashina, donde las piedras guardan secretos y donde el viento parece traer todavía los ecos de una civilización milenaria. Chavín de Huántar, tierra de templos, de misterios y de hombres que conversaron con los dioses de la piedra, también fue el escenario sencillo de tu vida. Llevabas incluso en tu rostro esa señal ancestral, esa nariz ancha que parecía una herencia de las antiguas cabezas clavas, como si la historia misma hubiese dejado una pequeña marca en ti. Fuiste la tercera hija de un matrimonio feliz. Desde niña tuviste un espíritu luminoso, alegre, algunas veces irreverente. La vida te negó el sonido de las palabras, pero te entregó otros lenguajes: la sonrisa, la mirada y unas manos extraordinarias que serían capaces de crear belleza donde otros solo veían materia. Porque tus manos fueron tu verdadera voz. Mi abuela te crió junto a tu hermana mayor, mi madre; en un hogar de disciplina, trabajo y orden. Allí aprendiste, entre juegos de infancia y enseñanzas silenciosas, los secretos de la casa, esos conocimientos que no aparecen en los libros pero que sostienen generaciones enteras. En aquellos años cuarenta, cuando la ignorancia hacía que muchas diferencias fueran vistas como cargas o castigos, tu familia enfrentó una época difícil. Pero la sangre guarda sus misterios, y la herencia familiar se abre paso por caminos invisibles. Tus padres decidieron educarte en casa y tu madre convirtió esa tarea en una misión de amor: te enseñó a cocinar, a ordenar, a crear, a transformar la vida cotidiana en un pequeño arte. Fuiste experta para los mandados y de aquella época quedó una de esas historias que parecen pequeñas, pero que contienen toda una vida. Tenías nueve años cuando tu madre te envió a comprar. Saliste presurosa, pero en el camino encontraste a tus amigas jugando a las “chantas”. Tu agilidad y alegría pudieron más que la responsabilidad del encargo. Te quedaste jugando, olvidando por un momento la compra y el tiempo. Tu madre salió a buscarte. Cuando la viste, comprendiste que venía el reclamo. Entonces corriste hacia la plaza y, cuando parecía que iba a alcanzarte, subiste velozmente las escaleras de una casona donde estaba el puesto policial. Ya en la puerta, con la valentía de quien conoce su refugio, miraste a tu madre y le hiciste señas: “Atrévete a subir, pues, y te denuncio”. Y aquella madre que te amaba, aunque fingía enojo, tuvo que volver a casa vencida por tu ocurrencia. Años después, la vida te entregaría una herida profunda. A los doce años perdiste a tu madre, en aquel triste Día de la Madre, entre lágrimas y dolor. Quedaste junto a tu hermana mayor, tus pequeñas hermanas y tu padre. Pero la enseñanza recibida se convirtió entonces en fuerza. La ausencia de tu madre no apagó lo aprendido; por el contrario, hizo que sus manos continuaran viviendo en las tuyas. Con el tiempo llegué yo. Y para mí fuiste una segunda madre. Recuerdo tu figura ágil, tus pasos rápidos, tu mirada atenta, esa mezcla de ternura y firmeza con la que cuidabas. En mis años de educación primaria viví contigo y con mi abuelo. Fueron años que quedaron grabados como una época de luz. Recuerdo tus sabores. Recuerdo esos potajes que no eran simplemente comida, sino una forma de amor: el estofado de conejo, aliñado con chocolate; el picante de cuy conchucano con su miga de maní; el humilde pero inolvidable “papá casqui”, con sus papas finamente cortadas, sencillo y perfecto como las cosas verdaderas. Y recuerdo también el aroma del pan saliendo de tus manos. Amasabas con la experiencia de quien conoce los secretos de la harina y del fuego. De tus manos nacían rosquillas, bizcochos, cuays, pancillos de maíz y tantas otras delicias que convertían la casa en un lugar lleno de vida. Después llegaron tus hijos: Emilia, Manuel y más tarde Rimanet. Formaste una familia, y aquella niña que alguna vez fue considerada diferente se convirtió en el centro de un hogar lleno de descendientes, nietos y bisnietos. Tus manos también tejían. Muchas de mis chompas de infancia y juventud salieron de ellas. Creo que fui tu modelo, y quizás también tu pequeño orgullo. Mientras yo buscaba refugio en los libros, tú construías con tus hilos una memoria que aún conservo. Y como todo arte verdadero busca continuar, tus manos aprendieron otro oficio: la creación de coronas para el Día de los Difuntos. Junto a Emilia, tu hija mayor, alcanzaste reconocimiento en toda la provincia. Con papel crepé hacían flores que parecían guardar la delicadeza de quienes partieron. Ese arte no terminó contigo. Como una semilla antigua, pasó a tus nietas Zonaly y Celeste. Porque los dones verdaderos no mueren: cambian de manos. Mi amor por la lectura me llevaba a perderme durante horas en los libros. Entonces preparabas aquel rincón en el altillo, con la frazada de oveja, y me acompañabas a tu manera. Me decías en señas: “Tú dedícate a leer, que para cosas caseras no sirves”. Y quizá sin saberlo estabas anunciando mi destino. Nunca olvidaré Gauchu, aquella querencia de nuestra infancia, sus caminos de eucaliptos y garamatis, los ruiseñores, los yuckis y chanquis, las mullacas, las moras silvestres y las difíciles shiracas que solo tú sabías alcanzar. Caminabas por laderas imposibles y bajabas hasta los ojos de agua más profundos para regalarme esos pequeños tesoros que para mí eran enormes. También recuerdo el río Mosna de los años sesenta, antes del agua potable. Allí iban las madres a lavar las ropas blancas y las pesadas frazadas de lana. Bajo el sol serrano, mientras tú trabajabas, nosotros jugábamos entre aquellas enormes piedras que dejó el antiguo aluvión. La vida pasó. Tus hijos crecieron. Tus nietos llegaron. Tus bisnietos llenaron de voces la casa. Y tú recibiste en tus últimos años el premio más grande: ver que todo aquello que sembraste continuaba floreciendo. Cuando cumpliste ochenta años estuvimos juntos. Me tomaste la mano y me dijiste, con el idioma eterno que me enseñaste: “Siempre fuiste inteligente y te gustó leer, por eso eres exitoso, y soy muy feliz”. Hoy esas señas hechas palabras viven conmigo. Has partido, querida tía Alicha. Pero no te has ido completamente. Sigues en los sabores de la infancia, en las manos que aprendieron de ti, en las historias que contaremos, en los caminos de Chavín que aún guardan nuestros pasos. Hoy estás junto a papá Lorencito y mamá Emilia. Seguramente vuelves a caminar con ellos por esos paisajes eternos, correteando, sonriendo y haciendo travesuras, como aquella niña alegre que nunca dejó de vivir dentro de ti. Porque algunas personas no mueren. Solo regresan al lugar donde nacieron: a la memoria.