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martes, 11 de agosto de 2026

Chavín de noche

Chavín de noche "Cuando cae la noche sobre Chavín, el tiempo deja de existir. Entonces las piedras vuelven a hablar y los antiguos dioses parecen despertar entre el sonido de los pututos." Desde hace muchos años soñaba con contemplar el Centro Ceremonial de Chavín iluminado por la noche. Ese sueño comenzó a gestarse durante un fin de año que pasamos en familia, aprovechando que mi hermana Milagros se desempeñaba como administradora del monumento. En aquellos días recorrimos el templo cuando el silencio envolvía las galerías y la luna bañaba de plata las antiguas piedras. Recuerdo haber comentado entonces que Chavín merecía una experiencia nocturna de mayor envergadura, capaz de transmitir al visitante la grandeza espiritual de este santuario andino. Años después, aquella idea se convirtió en realidad gracias al esfuerzo conjunto de la administración del entonces Instituto Nacional de Cultura, de la Asociación de Guías de Chavín y de las autoridades locales. Hoy Chavín de Noche constituye una de las actividades culturales más importantes del distrito. Se presenta durante la Semana Santa y las Fiestas Patrias, convocando cada año a un número creciente de visitantes nacionales y extranjeros. En esta oportunidad las representaciones se realizaron los días 27 y 28 de julio, con una asistencia que superó todas mis expectativas. Aquella noche cenamos temprano y, poco antes de las siete y media, emprendimos el camino hacia el Centro Ceremonial. El frío era intenso. En Chavín, las noches de julio obligan al viajero a abrigarse bien. Sin embargo, nadie parecía prestar demasiada atención a la temperatura. La expectativa de ingresar al antiguo santuario bastaba para mantener vivo el entusiasmo. El cielo ofrecía un espectáculo inolvidable. Una inmensa luna llena iluminaba las montañas, mientras miles de estrellas parecían vigilar silenciosamente el valle del Mosna. No podía imaginarse un escenario más apropiado. Después del ingreso habitual recorrimos los primeros ambientes del monumento, cuidadosamente iluminados para resaltar la monumentalidad de su arquitectura. Cada muro adquiría una textura distinta bajo la luz artificial. Cada piedra parecía recuperar el protagonismo perdido durante el día. Finalmente llegamos a la gran Plaza Cuadrada. El lugar estaba completamente colmado de visitantes. Durante algunos minutos permanecí en silencio contemplando aquella escena. Entonces ocurrió algo extraordinario. Mi imaginación comenzó a borrar lentamente los elementos del presente. Desaparecieron las cámaras fotográficas. Se apagaron los teléfonos celulares. El murmullo del público fue sustituido por el rumor del viento. Y, por un instante, tuve la impresión de haber retrocedido más de dos mil quinientos años. Era aproximadamente el 577 antes de Cristo. La hegemonía religiosa de Chavín alcanzaba su máximo esplendor. En la plaza descansaban las caravanas de llamas que habían transportado a los peregrinos desde lugares remotos de los Andes. Hombres y mujeres aguardaban en respetuoso silencio el inicio de la gran ceremonia. La primera parte del espectáculo contemporáneo recrea la Huishcur Danza, conocida también como la danza del cóndor. Los danzantes, cubiertos con grandes tocados de plumas, avanzan lentamente al ritmo de la tinya, evocando las antiguas ceremonias de preparación espiritual que precedían a los grandes rituales colectivos. Su movimiento pausado parece dialogar con las sombras proyectadas sobre las piedras milenarias. Cuando concluye la danza, el silencio invade nuevamente la plaza. Entonces, desde uno de los antiguos accesos, comienzan a emerger las figuras inspiradas en la iconografía chavina. El jaguar. El cóndor. La serpiente. Los seres híbridos que durante siglos poblaron la imaginación religiosa de nuestros antepasados. Poco después resuenan los pututos. Su sonido grave atraviesa la noche con una fuerza imposible de describir. No parece provenir únicamente de los instrumentos. Parece surgir de las propias montañas. Los ecos rebotan entre las jirkas y regresan amplificados hacia el templo, envolviendo a todos los presentes en una atmósfera profundamente sobrecogedora. Detrás de los pututeros aparece finalmente el personaje central de la ceremonia. El Gran Sacerdote. En esta ocasión, representado magistralmente por mi amigo Isaac. Su ingreso es solemne. Avanza lentamente hasta ocupar el centro de la plaza, donde dirige unas palabras de bienvenida y comparte un mensaje de esperanza para los asistentes. Más allá del carácter artístico de la representación, resulta imposible no imaginar la autoridad espiritual que debieron ejercer los antiguos sacerdotes sobre miles de peregrinos reunidos en este mismo escenario hace veinticinco siglos. Concluido el acto central, quienes lo desean participan en una ceremonia simbólica de limpia. Tuve la satisfacción de recibirla precisamente de manos de Isaac. Fue un momento sencillo, pero cargado de significado. No lo viví como un acto religioso. Lo experimenté como una expresión de respeto hacia una tradición cultural que forma parte de la memoria de Chavín. La noche aún guardaba otra sorpresa. Continuamos el recorrido por el edificio principal, atravesando galerías y corredores hasta aproximarnos al Lanzón Monolítico, corazón espiritual del santuario. La penumbra, el silencio y la arquitectura producen allí una emoción difícil de describir. Uno comprende que los antiguos constructores diseñaron cuidadosamente cada espacio para impresionar los sentidos del peregrino y predisponerlo a una profunda experiencia espiritual. Mientras caminábamos, mi imaginación volvió a viajar hacia el pasado. Los principales dignatarios permanecían todavía reunidos en las galerías. Los sacerdotes interpretaban los signos de la naturaleza. Los pututos continuaban anunciando el poder del santuario. En las grandes plazas comenzaba el inmenso banquete ceremonial. Sobre enormes fogones hervían gigantescas pailas. Se preparaban carnes de camélidos y venados, abundantes papas, ocas, ollucos, quinua, kiwicha, tarwi y maíz en sus múltiples formas. La chicha circulaba generosamente entre los peregrinos. Después de los días de ayuno, caminata y ceremonias, el alimento simbolizaba también la comunión entre los hombres y la divinidad. Los visitantes regresaban entonces a sus pueblos llevando consigo mucho más que un recuerdo. Volvían convencidos de haber recibido el mensaje del gran santuario. Su prestigio aumentaba. Habían peregrinado hasta el centro espiritual del mundo andino. La música cesó lentamente. El silencio volvió a instalarse entre las piedras. Abandonamos el monumento caminando despacio por la avenida principal. Nadie hablaba demasiado. Cada uno parecía conservar para sí las emociones vividas durante aquella noche. Mientras avanzaba comprendí que el verdadero valor de Chavín de Noche no radica únicamente en la calidad del espectáculo. Su mayor mérito consiste en despertar la imaginación del visitante y recordarle que estas piedras no pertenecen únicamente al pasado. Siguen vivas. Continúan interrogándonos. Y continúan invitándonos a descubrir el profundo legado espiritual de una civilización que hizo del conocimiento, de la naturaleza y del misterio una forma de entender el universo. Al llegar a casa miré por última vez las montañas recortadas bajo la luz de la luna. El viento seguía descendiendo desde las jirkas. En la distancia aún creía escuchar el eco de un pututo. Tal vez era solo el sonido del aire. O quizá, como imaginaban los antiguos chavinos, era la voz eterna de las montañas recordándonos que algunos lugares nunca dejan de ser sagrados.

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