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martes, 11 de agosto de 2026
Holly Laskey, la última sacerdotisa chavina
Holly Laskey, la última sacerdotisa chavina
"Hay personas que llegan a un lugar por casualidad; otras descubren que siempre pertenecieron a él."
En las laderas del suroeste de Chavín de Huántar, donde hace algunas décadas se extendían los antiguos trigales que alimentaban a numerosas familias del valle, existe hoy un lugar diferente. Desde allí la vista domina el Centro Ceremonial, el curso del Mosna y las grandes jirkas que custodian el paisaje desde tiempos inmemoriales.
Ese lugar lleva la impronta de una mujer nacida a miles de kilómetros de estas montañas.
Su nombre es Holly Laskey.
La conocí durante este viaje, aunque hacía tiempo deseaba visitar el proyecto que con tanta dedicación había construido en estas tierras. Conversar con ella fue descubrir a una persona cuya vida parece guiada por una fuerza interior difícil de explicar.
Ella misma cuenta que llegó a Chavín hace aproximadamente trece años como una turista más. Nada hacía presagiar que aquel viaje cambiaría por completo el rumbo de su existencia.
Después de participar en una ceremonia chamánica sintió que algo profundo había ocurrido en su interior. Más que una experiencia pasajera, fue una convicción íntima: comprendió que su destino estaba unido a este valle andino.
Muchos habrían considerado aquella decisión una locura.
Ella decidió convertirla en realidad.
No fue un camino sencillo. Hubo dificultades económicas, obstáculos administrativos, un arduo trabajo físico y los inevitables desafíos que implica construir en una zona de montaña. Sin embargo, la perseverancia terminó imponiéndose sobre todas las dificultades.
El resultado es un hermoso lodge concebido con una filosofía muy distinta a la de los alojamientos convencionales.
En lugar de grandes edificaciones, Holly diseñó un conjunto de domos cuidadosamente distribuidos sobre la ladera. Cada uno ocupa un lugar estratégico desde donde el visitante contempla un paisaje diferente. Las grandes jirkas del oriente parecen rodear silenciosamente el conjunto, mientras el imponente cerro Jaguar domina el horizonte y el Centro Ceremonial aparece como el corazón espiritual del valle.
Todo el proyecto transmite una profunda sensación de armonía.
Los materiales naturales predominan sobre el concreto. La arquitectura parece integrarse al paisaje en lugar de imponerse sobre él. Cada espacio invita al descanso, a la contemplación y al silencio.
Junto a los domos se levanta una construcción más moderna, asentada sobre sólidas zapatas y revestida con madera que aporta calidez a los ambientes interiores.
Pero quizá el elemento más sugestivo del conjunto sea un pequeño espejo de agua cuidadosamente ubicado frente al paisaje.
Holly explica que fue concebido inspirándose en las antiguas representaciones astronómicas de Chavín. Su superficie refleja el cielo nocturno y permite contemplar las constelaciones que durante miles de años guiaron a los sacerdotes del antiguo santuario.
Al observarlo recordé inmediatamente la gran piedra de las Siete Cabrillas y las interpretaciones que la relacionan con Orión y otras constelaciones visibles sobre el cielo chavino.
Nada parece casual en aquel lugar.
Cada elemento posee un sentido.
Cada espacio invita a detenerse y contemplar.
Sin embargo, lo que más impresiona de Holly no es su obra arquitectónica.
Es su manera de entender la vida.
Habla con serenidad, escucha con atención y transmite una paz poco común. Su sencillez contrasta con la magnitud del proyecto que ha realizado. No existe en ella el afán de protagonismo. Más bien parece alguien que ha comprendido que el ser humano no es dueño de la naturaleza, sino apenas una parte de ella.
Mientras conversábamos tuve la impresión de estar frente a una persona profundamente reconciliada consigo misma.
Fue entonces cuando, casi espontáneamente, le dije una frase que despertó su sonrisa.
—Creo que usted es la última sacerdotisa chavina.
Naturalmente no hablaba de una sacerdotisa en el sentido histórico.
Era una imagen literaria.
Una metáfora nacida de la emoción.
Porque Holly parece ejercer una silenciosa custodia espiritual sobre este paisaje sagrado. Desde las alturas de Cochas observa diariamente el valle, el Centro Ceremonial y las montañas, como si formara parte de esa antigua tradición de guardianes encargados de preservar la memoria del lugar.
En mi imaginación la asocié con Pogog, aquel personaje de la mitología chavina cuya presencia continúa proyectándose sobre las grandes jirkas que rodean el santuario.
Ella escuchó la comparación con humildad.
Sonrió.
Y continuó hablando del viento, de las estrellas, de las montañas y del profundo respeto que siente por la cultura que la acogió.
Al despedirme comprendí que algunas personas nacen lejos del sitio donde finalmente encuentran su verdadero hogar.
Quizá eso sea exactamente lo que ocurrió con Holly.
California fue el lugar donde nació.
Pero fue Chavín quien terminó adoptándola.
Y mientras las jirkas continúen vigilando el valle y el cielo siga reflejándose en las aguas tranquilas de su pequeño observatorio, siempre habrá quienes vean en aquella mujer de sonrisa serena a la guardiana contemporánea de uno de los paisajes más sagrados de los Andes.
Tal vez por eso, cada vez que vuelva a contemplar aquellas laderas bañadas por la luz del amanecer, recordaré a Holly Laskey como la última sacerdotisa chavina.
No porque pertenezca al pasado.
Sino porque ha sabido comprender, como pocos, el espíritu eterno de esta tierra.
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