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viernes, 7 de agosto de 2026
Día 6
Achique, y los baños termales de Ultupuquio.
"Los pueblos cambian con los años, pero las montañas continúan narrando las mismas historias a quienes saben escucharlas."
El sexto día de nuestro viaje estuvo marcado por circunstancias muy distintas entre sí, pero igualmente memorables. Fue una jornada donde convivieron el recuerdo de la infancia, la riqueza de la mitología chavina y la realidad cotidiana de los servicios de salud de nuestra provincia.
Cerca del mediodía partimos con mi hija Ariadna y su amiga Tam, evocando una antigua costumbre de los chavinos: visitar los baños termales de Ultupuquio durante los fines de semana. Esa tradición, profundamente arraigada en nuestra infancia, fue uno de los relatos que recogí años atrás en mi libro Tradiciones y leyendas chavinas.
Mientras avanzábamos, mi memoria retrocedía varias décadas.
Recordé a mi querido abuelo Lorenzo, quien de niño me llevaba de la mano por ese mismo camino. Aquellas caminatas constituían verdaderas lecciones de vida. No solo conocíamos el paisaje; aprendíamos a respetarlo.
El recorrido comenzaba en la avenida Julio C. Tello y seguía hasta el puente de Huachecza. Desde allí bordeábamos la parte posterior del Centro Ceremonial. Era casi una obligación detenerse unos instantes para contemplar la única cabeza clava que permanece todavía en su ubicación original, silenciosa testigo del paso de más de tres mil años de historia.
Después venían Racu, la Cruz de Ultupuquio, el propio manantial y la antigua casa de don Julio Arana, antes de emprender el último ascenso hacia los baños termales.
Entonces todo era tranquilidad.
Hoy el panorama ha cambiado profundamente.
La carretera soporta un intenso tránsito de camiones, camionetas, automóviles, motocicletas y mototaxis. Muchos conductores circulan con excesiva velocidad, convirtiendo un antiguo camino de caminantes en una vía de considerable riesgo. Actualmente resulta más prudente realizar el trayecto en taxi, que apenas demora diez minutos.
Sin embargo, la modernidad no ha logrado alterar la majestuosidad del paisaje.
Las grandes jirkas continúan acompañando al viajero. El Wagag parece despedirse lentamente a medida que avanzamos, mientras el Awachuanca se aproxima como si quisiera darnos la bienvenida.
A media ladera aparecen dos formaciones rocosas que desde tiempos inmemoriales alimentan la imaginación popular. Una de ellas es la conocida Achiquepa Racan; la otra, llamada por el pueblo Siqui Uchcus, posee una forma tan evidente que dio origen a numerosas interpretaciones y relatos.
Estos lugares nos conducen inevitablemente hacia la antigua mitología chavina.
En la tradición andina, Achique representa el mal, la codicia y la crueldad. Es la antítesis de Mama Rayhuana, símbolo de la fertilidad, la generosidad y la vida. Ambas expresan esa dualidad permanente entre el bien y el mal que forma parte de la condición humana.
Siempre me ha parecido que esa concepción filosófica quedó magistralmente representada en las famosas escalinatas de piedra blanca y negra del Centro Ceremonial. No son únicamente un recurso arquitectónico; constituyen una metáfora del equilibrio entre fuerzas opuestas que rigen el universo.
Dentro de la tradición chavina existe además una interpretación particularmente sugerente.
Según el antiguo relato de Pogog, después de ser despedazado por las aves y elevado a los cielos, las distintas partes de su cuerpo dieron origen a las montañas que rodean el valle. La roca situada frente a Ultupuquio simbolizaría precisamente uno de esos fragmentos anatómicos, mientras que el cercano Siqui Uchcus completa esa representación simbólica del cuerpo primordial.
Son historias que quizá escapen a la lógica racional, pero que conservan intacta su fuerza como expresión del pensamiento mítico de nuestros antepasados.
Al llegar a Ultupuquio encontramos un establecimiento completamente remodelado. Las habitaciones son cómodas, limpias y adecuadas para recibir visitantes.
Las aguas sulfurosas continúan brotando con la misma abundancia de siempre.
Desde hacía algunas semanas padecía una persistente cervicalgia. Sumergirme lentamente en aquellas aguas calientes produjo una agradable sensación de alivio. Comprendí por qué durante generaciones los pobladores de Chavín acudieron a estos baños buscando descanso para el cuerpo y tranquilidad para el espíritu.
Después del baño retornamos en un colectivo hasta el Centro Ceremonial. Ariadna y Tam realizaron su recorrido por el monumento con enorme entusiasmo. Fue emocionante observar el asombro con que descubrían la grandeza de un patrimonio que siempre ha formado parte de nuestra vida.
La jornada parecía haber concluido.
Sin embargo, esa misma noche una emergencia médica me obligó a acudir nuevamente al Centro de Salud de Chavín.
Confieso que siempre he sentido un especial afecto por ese establecimiento.
Desde mis años de estudiante de Medicina me atraía profundamente. En aquella época acudía con frecuencia para observar la atención de los pacientes y aprender cuanto fuera posible. Como cualquier joven universitario, también encontraba un atractivo adicional en la simpatía y la belleza de las enfermeras que allí trabajaban, recuerdo que hoy evoco con una sonrisa.
Por entonces ya tenía cierta experiencia práctica, pues simultáneamente trabajaba en el Hospital de Emergencias de Miraflores, donde aprendí que la medicina exige decisiones rápidas, serenidad y, sobre todo, una profunda vocación de servicio.
Con el paso de los años también conocí muy de cerca la realidad sanitaria de la antigua UTES Huari, comprendiendo las enormes limitaciones con las que trabajan los profesionales de salud en las zonas rurales.
Durante esta visita encontré nuevamente un personal amable, respetuoso y comprometido con su labor. Las dos jóvenes médicas que se encontraban de turno demostraban una admirable eficiencia y una auténtica vocación de servicio.
No obstante, las carencias materiales resultaban evidentes.
El establecimiento carece de un sistema adecuado de abastecimiento permanente de agua, por lo que resulta indispensable la construcción de una cisterna.
No dispone de farmacia ni de laboratorio clínico. Tampoco cuenta con un área de triaje para emergencias, de modo que muchos medicamentos e insumos deben adquirirse en la botica ubicada frente al establecimiento.
El servicio de emergencia funciona con recursos humanos muy limitados. Habitualmente permanece una técnica de enfermería, mientras la médica de turno acude cuando es requerida.
Una situación que llamó particularmente mi atención fue conocer la existencia de un equipo de rayos X adquirido hace aproximadamente diez años que nunca llegó a instalarse. Resulta paradójico que Chavín, San Marcos e incluso Huari carezcan aún de un servicio radiológico plenamente operativo, pese a la importancia de estas poblaciones y a los cuantiosos recursos económicos que recibe la provincia.
Una de las médicas resumió con sinceridad la situación: el establecimiento posee escasa capacidad resolutiva y ello ha motivado observaciones por parte de SUSALUD.
Como médico y como ciudadano no pude dejar de reflexionar sobre esta realidad.
El problema no radica en la entrega ni en la capacidad del personal de salud, cuya vocación merece todo mi reconocimiento. Las limitaciones provienen de un sistema que aún mantiene profundas desigualdades entre las necesidades de la población y los recursos efectivamente disponibles.
Me retiré del Centro de Salud con sentimientos encontrados.
Por un lado, admiraba el compromiso de quienes trabajan diariamente en condiciones difíciles. Por otro, lamentaba que una provincia favorecida por importantes ingresos provenientes del canon minero todavía presente deficiencias tan elementales en un servicio tan esencial como la salud.
Aquella noche comprendí que el verdadero desarrollo de un pueblo no se mide únicamente por sus edificios o sus carreteras.
También se refleja en la calidad de la atención que recibe la persona más humilde cuando acude en busca de ayuda.
Y esa sigue siendo una tarea pendiente para nuestra provincia.
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