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viernes, 31 de julio de 2026

El regreso a la tierra de los recuerdos

Día 1 El regreso a la tierra de los recuerdos. "Regresar es descubrir que el tiempo transforma los caminos, pero jamás logra borrar las huellas de la memoria." Cada retorno a Chavín tiene un significado distinto. No importa cuántas veces haya recorrido el mismo camino; siempre experimento la misma emoción de quien vuelve a encontrarse con una parte de sí mismo que permanecía dormida. Este viaje comenzó en Lima una fría tarde de julio. Como ocurre con muchos chavinos que viven lejos de su tierra, preparar el equipaje no consiste únicamente en guardar ropa y objetos personales; también significa llevar consigo la ilusión del reencuentro con la familia, los amigos y los paisajes que marcaron nuestra infancia. Partí al anochecer desde la agencia de una empresa moderna. Mientras el ómnibus abandonaba lentamente la ciudad, observaba cómo las luces de Lima se perdían en la distancia. Pensaba en los innumerables viajes que realicé durante mi juventud, cuando regresar a Chavín era una verdadera odisea. Entonces las carreteras eran de tierra, los camiones sustituían muchas veces a los buses y el viaje dependía del estado del tiempo y de la paciencia de los pasajeros. Hoy todo es diferente. Las carreteras han mejorado notablemente y los vehículos ofrecen mayor comodidad y seguridad. Sin embargo, la emoción del regreso continúa siendo exactamente la misma. Durante el trayecto los recuerdos comenzaron a desfilar uno tras otro. Volví a ver a mis padres despidiéndonos con lágrimas discretas cuando debíamos regresar a Lima para continuar los estudios. Entonces no comprendíamos la tristeza que embargaba sus corazones. Hoy, después de convertirme también en padre, entiendo perfectamente aquellos silencios y esas miradas prolongadas que parecían querer detener el tiempo. La madrugada nos sorprendió atravesando la Cordillera Blanca. Poco a poco el paisaje comenzó a transformarse. Los primeros rayos del sol iluminaron las cumbres nevadas mientras el aire frío anunciaba que nos acercábamos a Conchucos. Siempre he pensado que el ingreso a Chavín posee algo especial. No es únicamente la belleza del valle ni la presencia del río Mosna. Es una sensación difícil de explicar, como si las montañas dieran la bienvenida al viajero y le recordaran que está ingresando a una tierra donde la historia aún permanece viva. Al llegar, respiré profundamente. El aire limpio de la sierra tiene un aroma inconfundible, mezcla de tierra húmeda, eucaliptos, ichu y agua de montaña. Cerré los ojos por un instante y comprendí que estaba nuevamente en casa. Las calles habían cambiado. Nuevas construcciones ocupaban espacios que antes recordaba vacíos. El movimiento comercial era mayor y el tránsito mucho más intenso que décadas atrás. Sin embargo, bastó caminar unos metros para descubrir que la esencia del pueblo permanecía intacta. Los saludos comenzaron a sucederse espontáneamente. En Chavín todavía sobrevive una costumbre que pocas comunidades conservan: la gente saluda por el simple hecho de conocerse, de reconocerse o, simplemente, por compartir la misma tierra. Cada apretón de manos, cada abrazo y cada sonrisa confirmaban que el paso de los años no había debilitado esos vínculos invisibles que unen a quienes nacimos bajo la sombra de las grandes jirkas. Al reencontrarme con mi familia sentí que el viaje había cumplido ya uno de sus principales objetivos. Los abrazos sustituyeron a las palabras. No hacía falta explicar nada; el cariño acumulado durante tantos meses hablaba por sí solo. Sin embargo, esta visita tenía también otro propósito. Deseaba recorrer nuevamente Chavín, San Marcos y Huari para observar cómo el auge de la minería había transformado estas tierras. Quería comprobar si la bonanza económica había logrado mejorar verdaderamente la calidad de vida de sus habitantes y si el desarrollo había sabido convivir con la identidad cultural y el extraordinario paisaje de Conchucos. Durante los días siguientes caminaría por antiguos senderos, visitaría barrios nuevos, conversaría con viejos amigos, conocería personajes entrañables y volvería a contemplar el Centro Ceremonial con la misma admiración que cuando era niño. Ignoraba entonces que aquel viaje de diez días terminaría convirtiéndose en un recorrido mucho más profundo: un viaje hacia mis propios recuerdos, hacia la historia de mi pueblo y hacia las raíces que, a pesar del tiempo y la distancia, continúan dando sentido a mi vida. Aquella mañana comprendí una vez más que uno nunca regresa únicamente a un lugar. Regresa, sobre todo, a la memoria.

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