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miércoles, 17 de diciembre de 2025

HELADOS Y RASPADILLAS CON HIELOS DEL HUANTZAN

El Dulce Sabor de las Nieves Perpetuas: Memorias de un Domingo en Chavín

Hay recuerdos que no se alojan en la memoria, sino en el paladar y en el alma. Cuánta delicia encierran los domingos de antaño en nuestra tierra, días que parecían transcurrir a un ritmo más pausado y amable. El ritual era sagrado: comenzaba con la purificación de un buen baño en casa, o mejor aún, sumergidos en las aguas termales de Ultupuquio o Huecsha. Y luego, con el cuerpo relajado y el espíritu limpio, la caminata nos llevaba inevitablemente al corazón del pueblo: la Plaza de Armas.

Allí, bajo el estío serrano y enmarcados por ese cielo azul intenso que solo existe en los Andes, nos sentábamos en las bancas. Era el momento de la recompensa: disfrutar de un rico helado mientras la conversación con los amigos fluía sin prisa. Pero, entre risas y dulzura, ¿alguna vez nos detuvimos a pensar en el milagro que sosteníamos entre las manos?

¿Quiénes eran los alquimistas que, antes de la electricidad y la modernidad, lograban congelar el tiempo y el azúcar? ¿De dónde venía ese frío en medio del calor?

La respuesta nos obliga a levantar la mirada hacia el este, hacia el gran Apu tutelar. El hielo no salía de una máquina, sino del Huantzán. Ese coloso de 6,370 metros, la tercera montaña más alta de la Cordillera Blanca, cuya cara este, inexplorada y desafiante, vigila a Chavín. Es el Apu sagrado del que, según la leyenda, bajaron los hombres por el valle del Wachecza para erigir el templo milenario. De sus entrañas sagradas provenía la materia prima de nuestra felicidad dominical.

Mi madre, con la memoria clara de sus siete años allá por 1943 —antes del fatídico alud—, recuerda a Don Mamerto Maguiña. Él no solo era un heladero experto, capaz de transformar el hielo del nevado en un manjar; era también un personaje vibrante, un eximio bailarín de los Negritos de Chavín. Quizás el mismo ritmo y pasión que ponía en la danza tradicional, lo ponía al batir sus preparados.

Pero para que Don Mamerto, y los que vinieron después, pudieran hacer su magia, hacía falta la fuerza de otros hombres: los comuneros de Chichucancha. Antigua comunidad al oeste, tierra de mitimaes incas, gente recia y trabajadora. Aún parece verse su llegada los domingos, bajando de las alturas, ataviados con sus pantalones de bayeta y calzando esas indestructibles ojotas de llanta de camión. En sus espaldas no cargaban cualquier cosa; traían las tinshas de paja, y dentro de ellas, el tesoro: grandes bloques de hielo puro arrancados al Huantzán. Ese sacrificio, esa caminata heroica, era el ingrediente secreto de los helados y las raspadillas.

El tiempo pasó, y entre finales de los años 60 hasta acabar el siglo, la posta fue tomada por familias que se volvieron emblemáticas en Ura Barriu. ¿Quién no recuerda a la familia Robles, con el señor Robles; y a nuestros vecinos, la familia García: Don Félix y su esposa, Doña Aquilina, una dama de nobleza innegable.

Ellos fueron los guardianes de esa tradición en las últimas décadas del siglo pasado. Nos regalaron felicidad en vasitos y copas, nos refrescaron la vida. Hoy, al recordar esos sabores, no solo añoramos el dulce en el paladar, sino el esfuerzo titánico de los Chichucanchinos y el cariño de nuestros vecinos heladeros, que convertían la nieve inalcanzable del Apu en un recuerdo eterno para un niño sentado en la plaza de Chavín.



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